Había una vez un anciano mueble, tan anciano era que en su madera se podía ver el viaje estático del que había sido testigo a lo largo de los años, el viejo mueble había permanecido en silencio hasta que un día decidí darle conversación.
Hablé con el de colores, y el me transmitió olores y ruidos. Le pregunté
si había conocido más lugares, a lo que tristemente respondió que no, vi en su
semblante debilidad y miedo por acabar desapareciendo víctima del olvido (y de
la carcoma, como no).
Tras el breve intercambio de sensaciones decidí concederle unos regalos,
y es que el violeta y el morado dicen transmitir independencia, lo cual no le
vendría de más tras una larga vida en un mismo
hogar. Incluso se cree que dichos colores son capaces de combatir los
miedos, de aportar paz y serenidad, algo imprescindible en un momento tan
álgido de su existencia. Además se puede percibir en ellos la trasgresión y el
cambio, último presente con el que quise obsequiarle concediéndole así la
oportunidad de seguir reuniendo recuerdos.
Recuerdos que tal vez comparta conmigo en otra ocasión…
















